Madame Hudtwalcker

En su casa se encontraban el dinero y el arte

Elisabeth Hudtwalcker (1752 – 1804)

Hudtwalcker Shield

La pequeña niña apenas había cumplido once meses. Los padres, desconsolados, permanecían ante el diminuto cuerpo sin vida. El empresario funerario ya había sido avisado. Entonces la madre, con manos temblorosas, tomó una navaja, se inclinó sobre su hija y le hizo un corte en un costado del cuello. Solo cuando empezó a brotar sangre oscura permitieron los padres que se llevaran el cadáver. Pues únicamente aquella señal logró convencerlos definitivamente de que ya no quedaba vida alguna en su pequeña hija.

Lo que hoy nos parece cruel era, en realidad, una muestra de conmovedor amor de padres. Y la mujer que fue capaz de cortar en el cuello a su hija muerta no era ni insensata ni había perdido la razón por el dolor, sino una de las mujeres más inteligentes, modernas y —valientes— de Hamburgo en el siglo XVIII: Elisabeth Hudtwalcker.

Fue la vida de una mujer que, al dar a luz a nueve hijos, tres de los cuales murieron muy pequeños, tuvo que pagar un cruel tributo al atraso de una época pasada; pero que, por otra parte, pudo presenciar el amanecer de una nueva era en compañía de pensadores progresistas y artistas célebres.

Elisabeth, nacida el 6 de julio de 1752, era la menor de tres hermanos. Su padre murió poco después, con tan solo 31 años, de tisis. Su pequeña hija también era muy enfermiza. Sin embargo, aquello no le impidió adquirir en muy poco tiempo, con diligencia y ambición, una excelente educación. Hablaba inglés y francés con fluidez, aprendía de memoria a los clásicos y practicaba el minué, hacía tiempo desplazado por danzas más modernas. Pero su asignatura favorita era el dibujo.

Su débil constitución resultó ser, aunque solo temporalmente, un impedimento para el matrimonio, pues el comerciante Johann Michael Hudtwalcker, que en 1775, a los 28 años, pidió su mano, tuvo primero que vencer la resistencia de su padre, quien examinó a la joven novia y la consideró «enfermiza y débil». Sin embargo, la madre de la novia decía algo parecido del pretendiente, de modo que, más o menos, una cosa compensó la otra.

Gracias a este matrimonio, Elisabeth llegó al corazón mismo de la refinada aristocracia del dinero de Hamburgo. Pero como sus intereses se dirigían menos a las cuentas y a los competidores que a las obras de arte y a los artistas —y como ella misma continuaba pintando con entusiasmo—, no tardó en reunir a su alrededor un círculo de contemporáneos famosos, talentosos o, cuando menos, interesantes, como el que hoy quizá solo podría permitirse la reina de los detergentes Gabriele Henkel, en Düsseldorf.

Por casa de los Hudtwalcker pasaban el dibujante de paisajes Christoph Heinrich Kniep, que había acompañado a Goethe a Sicilia, y el escultor francés Dominique Rachette. El célebre grabador Daniel Nikolaus Chodowiecki examinaba los dibujos de Elisabeth, mientras que el escultor Johann Gottfried Schadow, menos afortunado en su carrera posterior, la invitó a Berlín a visitar su estudio. Incluso el Picasso de su tiempo, Johann Heinrich Wilhelm Tischbein, ayudaba a la esposa del comerciante con el lienzo y la paleta.

Mientras tanto, su marido se dedicó a la política: fue elegido miembro del consejo municipal. Más tarde recordaría: «Pero aquello no impresionó a Elisabeth. Al contrario: se rio de buena gana porque yo estaba tan consternado por ello».

Pero la vida también reservaba a la familia numerosos golpes del destino. Su segunda hija sucumbió a una infección cuando tenía once meses. La mayor enfermó después de ser vacunada contra la viruela y quedó temporalmente ciega. Ese mismo año, Elisabeth perdió a su madre. Ella misma fue víctima de una grave fiebre. Otra hija murió cuando apenas tenía ocho semanas; la siguiente, de nuevo a los once meses, y otra vez a causa de la misma infección.

Elisabeth también murió de fiebre, el 22 de noviembre de 1804. Murió rodeada de su familia, después de una vida burguesa rica en todo, en dicha y en desgracia, y quizá precisamente por ello tan característica de aquella época.

Josef Nyary

Die Welt, 25 de marzo de 1977

Traducido del texto original en alemán publicado en este sitio web en 2019.

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