La familia en la era de el candil de aceite de pescado

Hudtwalcker Shield

Sentados a la mesa de la cena, en medio de los desprevenidos padres de Margarethe y sus ocho hermanos, Margarethe y Octav se buscaban con la mirada, intercambiando miradas furtivas cargadas de deseo y emoción. Margarethe era la hija mayor del próspero comerciante y Börsenalter (anciano de la Bolsa de Comercio) Jacob Hinrich Hudtwalcker; Johann Octav Nolte era hijo de un antiguo amigo del comerciante, ahora empobrecido. Trabajaba como aprendiz en la casa de comercio (comptoir) de Hudtwalcker y vivía en el mismo hogar familiar. Era el año 1767. Ella tenía diecinueve años y él veintitrés cuando surgió la chispa: para ambos, el primer gran amor de sus vidas.

Esta historia ha llegado hasta nosotros gracias a un documento excepcional conservado en el Archivo Estatal de Hamburgo: las memorias privadas de una mujer hamburguesa del siglo XVIII. En aquella época, las mujeres de la burguesía de Hamburgo estaban confinadas al mundo de los libros de cuentas del hogar, el catecismo y la crianza de los hijos; no participaban en la vida intelectual de la Ilustración. La biografía de Margarethe Hudtwalcker, editada por las historiadoras Rita Bake y Birgit Kiupel, ofrece una mirada tanto a la vida cotidiana como al mundo interior de una antigua familia burguesa de Hamburgo: quién podía casarse con quién, qué unía realmente a los esposos, qué papel desempeñaban los sentimientos y, sobre todo, el peso del dinero.

El amor entre Octav y Margarethe no tenía futuro. Una noche, el severo Jacob Hinrich Hudtwalcker escuchó por casualidad cómo los jóvenes se juraban fidelidad eterna a través de una puerta oculta tras el papel tapiz. Los padres de Margarethe quedaron horrorizados. Para la hija de un anciano de la Bolsa de Comercio, un simple aprendiz del comptoirera absolutamente inaceptable.

Sobre la joven cayó un frío desprecio. Incluso se pronunció contra ella la palabra dirne, un insulto que en aquel tiempo equivalía a “mujer de mala vida”.

“¡Oh, debería haber rezado! Ya que no encontraba otra salida, debería haber abierto todo mi corazón a mi madre y, entre lágrimas de arrepentimiento, haberme arrojado en sus brazos”, escribiría más tarde la desesperada Margarethe. Pero su madre, según ella misma recuerda, “siempre fue muy severa conmigo”: una mujer sencilla que administraba su gran hogar con disciplina férrea, gran talento organizativo y una austeridad extrema.

En muy poco tiempo, Margarethe fue casada con el teólogo Johann Nicolaus Milow, de treinta años. Era un yerno respetable, aunque como predicador en Lüneburg ganaba apenas 300 marcos al año y, por ello, debía considerarse prácticamente sin recursos. La familia Hudtwalcker sostuvo el matrimonio durante años, no solo mediante una dote considerable de 4.000 marcos banco, sino también con subsidios adicionales, hasta que Milow logró mejorar su posición en Wandsbek. Margarethe recordaría su primer encuentro con su futuro esposo “como un cordero llevado al matadero”.

El matrimonio resultó, sin embargo, razonablemente feliz. Margarethe llegó a amar a su esposo y tuvo ocho hijos. Pero aquella joven hamburguesa de espíritu alegre se transformó con el tiempo en una esposa de pastor frugal y profundamente piadosa en la provincia. Murió de cáncer en 1794, un destino frecuente entre las mujeres hanseáticas de su época. Octav Nolte, por su parte, continuó su carrera como comerciante en Livorno y más tarde en Lübeck. A los 42 años se casó con su cuñada de veinte años, Johanna Matsen, con quien también tuvo ocho hijos. Fundar una familia era siempre un cálculo económico. Elisabeth Berenberg, por ejemplo, aportó en 1768 una dote de 2.500 marcos al casarse con Johann Hinrich Gossler, destinada al mobiliario, la inversión y la seguridad en la vejez. La nueva casa costaba 900 marcos de alquiler anual; la cocinera recibía 82 marcos, cada criada unos 40, y la institutriz de las hijas 210. Un buey costaba 124 marcos, una botella de vino del Rin cinco, un corsé nueve y un vestido de algodón 22. Un profesor del Johanneum ganaba aproximadamente diecisiete veces el salario de una criada, mientras que un oficial artesano recibía el triple.

A pesar del peso decisivo del dinero, los sentimientos ocupaban un lugar importante. La Ilustración fue también una época de sensibilidad: poetas y teólogos exaltaban el “amor puro”, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y cuestionaban suavemente las convenciones establecidas. Estas ideas eran recibidas con entusiasmo por la juventud.

Sin embargo, los jóvenes debían someterse a los deberes familiares y construir una existencia respetable. Todo proyecto de vida estaba expuesto a golpes del destino: crisis comerciales, enfermedades o accidentes. El único sostén real frente a estas desgracias era la familia.

Por ello, pese a la rigidez social, los lazos familiares solían ser intensamente afectivos. Las separaciones eran dolorosas, se escribían largas cartas y los hombres no dudaban en llorar.

Entre las clases acomodadas, la preservación de la unidad económica familiar y de los intereses del estatus social prevalecía sobre las decisiones personales. La economía imponía límites al amor. Esto era aún más evidente entre los pobres.

Para muchos habitantes de Hamburgo —desde vendedores y artesanos hasta criadas y obreros— el matrimonio era económicamente inalcanzable. Hacia 1780, más de 30.000 personas, cerca de un tercio de la población, apenas podían sostener su existencia.

Solo en el invierno de 1788–1789, la Institución General de Asistencia a los Pobres distribuyó ayuda a 11.109 personas. Dos tercios de los registrados entre 1788 y 1796 eran mujeres solas, muchas con hijos.

En las clases bajas, las familias se formaban con frecuencia fuera del matrimonio y se disolvían con igual facilidad. Su supervivencia dependía del trabajo femenino. Cuando la mujer dejaba de trabajar —por ejemplo tras un parto— la familia caía en la asistencia pública. Nadie contabilizó cuántos hombres abandonaron a sus familias en esas circunstancias.

En 1788, las autoridades de Hamburgo crearon la Institución General de Asistencia a los Pobres junto con un sistema integrado de orfanato, casa de trabajo y casa de corrección. Su objetivo era limitar la mendicidad y disciplinar a los pobres hacia una vida “ordenada y humilde”.

Los internos debían contribuir a su sustento; incluso los niños trabajaban en manufacturas por una cuarta parte del salario habitual. Su ropa llevaba una gran letra “A” que los identificaba como asistidos.

Los inspectores vigilaban la moral de los pobres. Las madres solteras eran consideradas “indecentes”, y las trabajadoras de las fábricas textiles eran vistas como “ligeras” por su vestimenta de trabajo. Para los ciudadanos respetables, incluso alquilar una habitación a un hombre era moralmente cuestionable.

Aproximadamente el diez por ciento de los niños nacían fuera del matrimonio. El abandono e incluso el infanticidio reforzaban el prejuicio de las clases altas de que los pobres eran moralmente irrecuperables. En la rueda de expósitos donada en 1709, se abandonaban entre 80 y 150 niños al año, hasta que fue retirada por su elevado costo.

Margarethe E. Milow: “Ich will aber nicht murren”. Edición de Rita Bake y Birgit Kiupel. Edición ampliada de 1993, con un léxico de objetos y sentimientos. Dölling y Galitz Verlag.

Irene Jung

Hamburger Abendblatt, 4 de junio de 1994.

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